Aporofobia en 2025: los números suben, las víctimas también.
Esta semana llegan dos aportaciones sobre los delitos de odio en España que, leídas en paralelo, construyen un mismo relato y mucho más completo sobre la aporofobia. Por un lado, el Informe sobre Delitos de Odio del Ministerio del Interior ofrece los datos más recientes, las cifras oficiales de una realidad que crece. Por otro, el proyecto periodístico Crímenes de Odio, de los periodistas Miquel Ramos y David Bou, pone nombre y contexto a las víctimas, reconstruyendo historias que durante años han permanecido invisibles y deshumanizadas. Entre ambos, dibujan un retrato más completo: el de una violencia que se puede contar, pero que solo se comprende plenamente cuando se mira a quienes la sufren.
En el marco de la 2ª Reunión de seguimiento del III Plan de Acción de Lucha contra los delitos de odio, el Ministerio del Interior ha presentado el Informe sobre la evolución de los delitos e incidentes de odio en España 2025 , elaborado por la Oficina Nacional de Lucha contra los Delitos de Odio. El documento, que compila los datos del Sistema Estadístico de Criminalidad correspondientes a 2025, registra un total de 2.417 hechos conocidos, un 23,6% más que en 2024. En ese contexto general de subida, la aporofobia sube un 20,8%: de 24 hechos el año pasado a 29 en 2025, manteniendo una tendencia remarcable de crecimiento después de ser la forma de discriminación con un mayor crecimiento porcentual global registrado entre los años 2023 y 2024, en el marco de un crecimiento consecutivo a lo largo de 4 años. Desde el Observatorio HATEnto advertimos de la necesidad de leerlo con cautela: no solo por lo que muestra, sino también por lo que no alcanza a registrar.
Otro dato extremadamente preocupante no está en las víctimas sino en los autores. De los 15 detenidos o investigados por aporofobia en 2025, 8 son menores de edad y 4 tienen entre 18 y 25 años. El 80% de los autores identificados tiene menos de 25 años. Los menores investigados por este delito han pasado de 5 en 2024 a 8 en 2025, un aumento del 60% en un solo año. A lo largo de 2025, desde el Observatorio HATEnto se notificaron en 8 casos agresiones aporófobas en las que las personas autoras fueron jóvenes o menores, reflejando la tendencia expuesta en el Informe de la ONDOD. Estos datos explicitan la necesidad de trabajar en la prevención y sensibilización para evitar que los más jóvenes continúen naturalizando y replicando actitudes aporófobas.
La primera lectura posible puede llevar a engaño: 29 delitos enclavados en la población de 37.000 personas que actualmente se encuentran en situación de sinhogarismo en España. Pero esa lectura ignora la naturaleza específica de la aporofobia. Las víctimas son, en su mayoría, personas que viven en la calle, sin red institucional, sin capacidad material real de denuncia y sin quien las acompañe en el proceso. Desde el Observatorio HATEnto se ha registrado una alarmantemente alta tasa de infradenuncia, ya que el 47% de la población en situación de sinhogarismo en España afirma haber sido víctima de algún delito de odio, y el 87% no denuncia, lo que pone de manifiesto la escasa visibilización real de los delitos de aporofobia en los registros oficiales. En ningún ámbito la brecha entre lo que ocurre y lo que se registra es tan amplia: apenas una fracción (alrededor del 13 %) llega a detectarse. Eso significa que la mayoría de las agresiones quedan fuera de cualquier estadística. Así, las cifras pueden parecer menores; pero cambian radicalmente cuando los casos dejan de ser números y pasan a tener nombre, rostro e historia. Los registros oficiales son un instrumento necesario y valioso, pero su alcance está limitado por la propia vulnerabilidad de las víctimas. Reducir esa brecha entre lo que ocurre y lo que se contabiliza requiere una respuesta institucional que vaya más allá de la estadística: protocolos activos de detección, coordinación con los servicios sociales y recursos específicos para que las personas en situación de sinhogarismo puedan denunciar en condiciones de seguridad.
Frente a los 29 registros oficiales, esa realidad que permanece fuera de las estadísticas empieza a hacerse visible en trabajos como el proyecto periodístico Crímenes de Odio, de Miquel Ramos y David Bou, que ha actualizado su mapa de víctimas mortales por odio en España desde 1990: 91 asesinatos documentados, en los que la aporofobia junto al racismo y la xenofobia aparece como motivación en el 42% de los casos, poniendo de manifiesto la tendencia de la aporofobia hacia unos niveles de agresividad tan altos e incontrolables que en muchas ocasiones acaba directamente con la vida de las personas.
Entre los más recientes: Miguel Ángel Calvo, 51 años, asesinado en 2023 en el contexto de una violenta agresión mientras dormía en la calle. Entre los recuperados del olvido: Silveiro Aragonés, asesinado en Madrid en 1991, cuya muerte acaba de ser reconocida como crimen aporofóbico treinta y cuatro años después. Detrás de los números hay nombres, y esos nombres no aparecen en los informes, no porque estos sean un mal instrumento, sino porque solo recogen aquello que logra hacerse visible: los casos que llegan a denunciarse. Sin embargo, trabajos como este incorporan una dimensión cualitativa imprescindible, al identificar a las personas y mostrar la violencia y las graves consecuencias de la aporofobia más allá del dato.
Cuando el delito sí llega al sistema, el sistema funciona: la tasa de esclarecimiento alcanza el 65,7%. Sin embargo, el proceso está lleno de barreras. En primer lugar, en el cuello de botella de la denuncia que nunca se interpone, en la víctima que no tiene desde dónde denunciar. Y, en segundo lugar, en la incapacidad material de aquellas personas que consiguen denunciar pero que, debido a las características del sistema de denuncia y judicialización, quedan excluidas al no poder continuarlo o ser partícipes de este.
Desde el Observatorio HATEnto llevamos años documentando delitos de odio contra personas en situación de sinhogarismo. Esa experiencia nos permite confirmar lo que el periodista Miquel Ramos y David Bo señalaban esta semana: que detrás de los crímenes hay siempre prejuicios, y que cuando los discursos que tratan a las personas en situación de pobreza como un problema de orden público se normalizan en el debate político y mediático, las consecuencias llegan antes o después al cuerpo de alguien que duerme en la calle.
Por todo ello, la respuesta no puede ser solo más vigilancia. Pasa necesariamente por intervenir en los entornos (educativos, comunitarios, digitales) donde personas jóvenes están aprendiendo que las conductas aporófobas no tienen consecuencias. Además, es esencial garantizar que las personas en situación de sinhogarismo tienen un lugar seguro desde el que denunciar, profesionales de referencia que las acompañen, y la certeza de que su testimonio será tomado en serio. Sin eso, seguiremos contando 29 delitos al año sabiendo que son muchos más mientras la violencia aumenta.
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